De los Ataris a los nietos: cómo las familias españolas están redescubriendo los clásicos juntas
Hay una imagen que se repite en cada vez más casas españolas: un abuelo o una abuela con un mando entre las manos, explicándole a un niño de ocho años cómo se jugaba al Tetris de verdad, al que no te dejaba respirar. El niño mira con una mezcla de incredulidad y fascinación. La pantalla muestra píxeles gordos, colores planos, sonidos que parecen salidos de otro mundo. Y sin embargo, algo funciona. Algo conecta.
Eso es el gaming intergeneracional, y está pasando ahora mismo en miles de hogares de este país.
El puente que nadie esperaba
Los videojuegos llevan décadas siendo señalados como fuente de conflicto generacional. «Apaga esa máquina», «eso no es vida», «en mi época jugábamos en la calle». La narrativa estándar ha sido la del abismo: los jóvenes juegan, los mayores no entienden.
Pero algo está cambiando. La generación que hoy tiene entre 55 y 70 años —los abuelos actuales de muchos niños y adolescentes españoles— es la primera que creció con los videojuegos. No con las consolas de última generación, pero sí con los Atari, los Spectrum, los primeros Nintendo. Son personas que en su juventud pasaban horas delante de un arcade en el bar del pueblo o que recuerdan perfectamente el día que llegó a casa el primer Pong.
Esos recuerdos no desaparecieron. Solo quedaron guardados, esperando el momento de salir.
Los adaptadores que abrieron la puerta
El detonante tecnológico de esta revolución silenciosa tiene nombre: los retroadaptadores y las miniconsolas. Dispositivos como la NES Mini, la Mega Drive Mini o la SNES Mini llegaron al mercado como objetos de coleccionista dirigidos a adultos nostálgicos, pero terminaron cumpliendo una función completamente diferente: convertirse en el punto de encuentro entre generaciones.
Son fáciles de configurar, no requieren conocimientos técnicos, y vienen con los juegos ya instalados. Para un abuelo que quiere mostrarle a su nieto cómo era el Super Mario Bros original, es la solución perfecta. No hay que buscar cartuchos, no hay que configurar nada. Enchufa, enciende, juega.
Los emuladores en ordenador o en dispositivos como la Raspberry Pi han ido un paso más allá, permitiendo acceder a catálogos mucho más amplios. En foros españoles como Emudesc o en grupos de Facebook dedicados al retrogaming familiar, es habitual encontrar a padres y abuelos pidiendo ayuda para montar su «máquina de los recuerdos» con la que sorprender a los nietos en Navidad.
Lo que los abuelos enseñan que los tutoriales no explican
Aquí es donde el fenómeno se vuelve verdaderamente interesante. Cuando un abuelo se sienta a jugar a un clásico con su nieto, no está solo transmitiendo habilidades técnicas. Está transmitiendo contexto.
Le explica que ese juego lo compraron en una tienda que ya no existe, en una calle que ahora es otra cosa. Que la primera vez que lo jugó fue con su hermano, en una habitación que compartían los dos. Que en aquella época no había guardado automático, que si perdías todas las vidas empezabas desde el principio, y que eso te enseñaba una forma de concentración y paciencia que los juegos de ahora no exigen de la misma manera.
El juego se convierte en excusa para contar una historia. Y el niño, que normalmente no aguantaría diez minutos escuchando anécdotas del pasado, está completamente atento porque tiene un mando en las manos y quiere aprender a jugar.
Varios psicólogos infantiles y especialistas en terapia familiar consultados para este reportaje coinciden en señalar que este tipo de actividad compartida tiene un valor enorme. «Los videojuegos retro funcionan como artefactos culturales», explica una terapeuta familiar de Sevilla que trabaja con familias multigeneracionales. «Cuando el abuelo dice 'esto lo jugaba yo con tu edad', está tendiendo un puente emocional que muy pocas actividades modernas permiten».
Los clásicos que más éxito tienen en las sesiones familiares
No todos los retrojuegos funcionan igual de bien en este contexto. La experiencia de quienes ya llevan tiempo haciendo esto en España apunta hacia ciertos títulos que tienen una capacidad especial para enganchar a varias generaciones a la vez:
Tetris sigue siendo el rey indiscutible. Sus reglas son explicables en treinta segundos, no tiene violencia, y genera tensión suficiente para mantener a todos alerta. Abuelos que no han tocado un mando en treinta años lo recuperan en minutos.
Pac-Man y los arcades clásicos tienen la ventaja de los turnos naturales: juegas, mueres, le pasas el mando al siguiente. Eso facilita la conversación y elimina la presión de «hacerlo bien».
Super Mario Bros es quizás el que más emoción genera, especialmente cuando el abuelo recuerda exactamente dónde están los bloques secretos y puede demostrarlo delante de un nieto impresionado.
Los Sims originales y otros juegos de simulación de vida de principios de los 2000 están funcionando muy bien con la generación intermedia —padres de 35-45 años— que los jugaron en su adolescencia y ahora los comparten con sus hijos.
El gaming retro como patrimonio cultural
Hay algo más profundo en este fenómeno que merece ser nombrado: los videojuegos clásicos están empezando a ser tratados como lo que son, patrimonio cultural. De la misma manera que una familia española puede transmitir recetas, canciones o tradiciones locales, también puede transmitir el recuerdo de cómo se jugaba, qué se sentía, qué significaba tener esa consola en casa.
En España, donde la transmisión oral y la memoria familiar tienen una importancia cultural enorme, esto encaja de manera natural. La maleta de los recuerdos familiares siempre ha tenido espacio para las historias del barrio, las fotos en blanco y negro, las cartas guardadas. Ahora también tiene espacio para los cartuchos, los emuladores y las tardes de Tetris compartidas.
Y si hay algo que estos encuentros están demostrando, es que la brecha generacional en torno a los videojuegos no era tan profunda como parecía. Solo necesitaba el juego adecuado para cerrarse.