La mochila como protagonista: el género viajero que ha conquistado los videojuegos
Hay algo en la imagen del viajero con mochila que conecta de forma visceral con una generación entera. No el turista de resort, sino el que coge un vuelo de bajo coste, duerme en hostels y regresa a casa con más recuerdos que fotos bien editadas. Esa figura —tan reconocible para cualquier veinteañero o treintañero español— ha encontrado, casi sin que nos diéramos cuenta, su reflejo perfecto en los videojuegos.
No hablamos de un género con nombre oficial en ninguna tienda digital. Pero existe. Lo reconoces en cuanto lo juegas: ese momento en el que arrancas con poco, caminas mucho y la historia no está en los combates, sino en el camino.
De la exploración al autodescubrimiento: algo está cambiando
Durante décadas, el videojuego mainstream nos vendió la fantasía del héroe todopoderoso. Armaduras legendarias, arsenales interminables, castillos que conquistar. Pero en algún punto del camino, algo cambió. Los jugadores empezaron a buscar algo distinto: experiencias que se parecieran más a vivir que a ganar.
Títulos como Journey —ese juego de thatgamecompany que te deja sin palabras y sin palabras te lo cuenta todo— fueron una señal temprana. No hay inventario que gestionar, no hay jefe final que derrotar de forma convencional. Solo hay movimiento, paisaje y una sensación extraña de compañía con un desconocido que nunca sabrás quién es.
Después llegaron otros. Firewatch te mete en los bosques de Wyoming con una radio y muchas preguntas sin respuesta. A Short Hike convierte una excursión de montaña en una de las experiencias más relajantes y emocionalmente honestas que ha dado el indie en años. Eastshade te planta en un mundo de fantasía con los pinceles como única herramienta y te invita a simplemente... estar.
Lo que todos estos juegos tienen en común es que priorizan el tránsito sobre el destino. La mochila —metafórica o literal— es la verdadera protagonista.
El jugador español y la cultura del viaje ligero
España tiene una relación particular con el viaje. Somos un país de Erasmus, de furgonetas reconvertidas en casas rodantes, de esa generación que aprendió a volar con Ryanair antes de aprender a conducir. La cultura del viaje con lo mínimo imprescindible no es aquí una tendencia importada: es casi una identidad generacional.
No es casualidad que muchos jugadores españoles describan sus experiencias favoritas en términos de sensaciones más que de logros. "Me sentí perdido de una forma muy bonita" o "era como estar de viaje pero en casa" son frases que aparecen una y otra vez en foros, en comentarios de YouTube, en los chats de Discord donde se habla de este tipo de juegos.
Y tiene mucho sentido. Cuando no puedes permitirte coger un vuelo, o cuando el trabajo no te da más de cinco días seguidos de vacaciones, o simplemente cuando llueve un martes y quieres sentir que el mundo es más grande de lo que parece desde tu habitación... enciendes el ordenador y te pones a caminar.
Los títulos que mejor capturan esa esencia
Si tuviéramos que armar una lista de los juegos que mejor representan esta narrativa viajera, habría algunos que no podrían faltar.
Kentucky Route Zero es probablemente el más literario de todos. Un viaje por carreteras mágicas del sur de Estados Unidos que es, en realidad, una reflexión sobre la memoria, la pérdida y la América olvidada. Lento, extraño, absolutamente irrepetible.
Wandersong convierte la travesía del fin del mundo en un musical donde el protagonista no lucha: canta. Suena absurdo y es, en la práctica, una de las historias más emotivas que ha dado el indie reciente.
Season: A Letter to the Future merece una mención especial porque parece diseñado exactamente para este momento cultural. Montas en bicicleta, documentas un mundo que está a punto de desaparecer y te preguntas qué vale la pena recordar. Si eso no resuena con alguien que ha vivido la pandemia y ha salido al otro lado con ganas de grabar cada momento, es que no hemos estado en el mismo planeta.
Y luego está The Forgotten City, que demuestra que incluso dentro de géneros más tradicionales —aquí, el RPG de investigación— la narrativa viajera puede colarse: eres un desconocido en un lugar extraño, sin mapa claro, aprendiendo las reglas sobre la marcha.
Lo que estos juegos nos dicen sobre nosotros
Hay una lectura más profunda detrás de este fenómeno. En un momento en que la cultura del consumo está siendo cuestionada con más fuerza que nunca, los videojuegos que celebran el movimiento por encima de la acumulación están diciendo algo relevante.
No necesitas el equipo más poderoso. No necesitas desbloquear todo el árbol de habilidades. No necesitas limpiar el mapa de iconos. Necesitas seguir caminando y ver qué hay al doblar la esquina.
Esa filosofía, curiosamente, encaja a la perfección con la identidad de quien viaja con lo justo. El mochilero que aprende más en una semana durmiendo en literas compartidas que en un mes de tour organizado. El que sabe que la experiencia vale más que el souvenir.
Los videojuegos de narrativa viajera no son escapismo en el sentido tradicional —no te llevan a un mundo mejor donde eres más poderoso. Te llevan a un mundo diferente donde eres más curioso. Y eso, en 2024, puede ser exactamente lo que muchos necesitamos.
El futuro del género: ¿hacia dónde camina?
Lo interesante es que este tipo de experiencias está influyendo ya en juegos mucho más grandes. La forma en que Elden Ring gestiona la exploración sin guiarte de la mano, la manera en que Red Dead Redemption 2 convierte el simple hecho de cabalgar en una experiencia casi meditativa, o cómo Baldur's Gate 3 celebra las decisiones impulsivas del viajero que no lee el mapa... todo apunta a que la narrativa del camino ha permeado el mainstream.
Y desde La Maleta Online, eso nos parece una noticia excelente. Porque al final, tanto si juegas en el sofá de tu casa como si lo haces en el tren de vuelta de un fin de semana fuera, lo que buscas es lo mismo: sentir que el mundo tiene más esquinas de las que caben en una pantalla. Y que merece la pena seguir explorando.